El Profeta Saleh


El Profeta Saleh

La gente de Zamud entre los que vivía el Profeta Saleh tenían bellos huertos. Había allí pozos, palmeras y árboles que se cargaban de frutos. Las casas de Zamud estaban excavadas en las rocas y en las montañas.

-Adorad sólo a Dios-, les dijo Saleh a su gente. No tenéis más divinidad que Dios, y por tanto debéis hacer el bien. Os estoy dando un buen consejo: Debéis creer lo que os digo, porque Dios me ha hecho Su Profeta.


Pero sólo aquellas gentes de Zamud que no fueran ni ricos ni poderosos creyeron e hicieron lo que decía el Profeta Saleh. Los ricos y poderosos de Zamud le dijeron a Saleh: No creemos lo que dices y no vamos a seguir tus consejos. No eres más que un hombre, igual que cualquiera de nosotros. Si dices la verdad, muéstranos un signo.


Saleh trajo una camella y les dijo: Esta camella será para vosotros un signo de Dios. Dejadla que paste en la pradera y que beba cuando esté sedienta. Pensad en lo bueno que Dios ha sido con vosotros y en todo lo que El os ha dado. Debéis evitar hacer el mal y causar daño en esta tierra. Si no lo hacéis, caerá sobre vosotros un castigo severo.


A pesar de las recomendaciones y la enseñanza de Saleh, la arrogante y poderosa gente de Zamud siguieron sin prestarle atención. En vez de dejar a la camella en paz que pastara en la pradera, hicieron algo muy cruel: le cortaron los tendones de las patas. Con esto desafiaron abiertamente las órdenes de Dios. Después llamaron a Saleh y le dijeron: Tráenos ahora el castigo del que nos has estado advirtiendo, o no creeremos que seas el Profeta de Dios.


El desastre con el que Saleh les había amenazado se produjo. Pasados tres días hubo un terremoto terrible y todos los malvados perecieron. Este fue su castigo por no obedecer a Dios.