Ali y el avestruz

ALÍ Y EL AVESTRUZ.
Alí estaba comiendo y viendo la tele al mismo tiempo. En los dibujos animados se veía a un enorme avestruz huyendo de un perro. El avestruz corría tan rápido que se escapó y regresó al nido con sus amigos. Alí siempre había creído que los avestruces sólo eran unas aves que escondían la cabeza bajo tierra. No sabía que también eran buenas corredoras.
“¿Quieres decir que no sabías que podíamos correr tan rápido?”, preguntó una voz.
Alí miró sorprendido a su alrededor antes de darse cuenta de que la voz provenía de la televisión. Fue hacia ella y se puso a hablar con el avestruz que aparecía en la pantalla.
“Eres un ave”, comenzó. “Desde luego que me sorprende que puedas correr tan rápido, y además con un cuerpo tan enorme.”
“Tienes razón”, resopló el avestruz, que se encontraba casi sin aliento. “Somos las aves más grandes del mundo. Somos más grandes que una persona. Yo, por ejemplo, mido unos dos metros y medio y peso 120 kilos. No podemos volar, pero Dios nos ha dotado de un talento diferente para poder escapar de nuestros enemigos. Corremos muy rápido gracias a nuestras largas patas, tan rápido que nadie nos puede alcanzar a pie. En el mundo de los seres vivos, somos los corredores más rápidos sobre dos patas. Podemos llegar a alcanzar una velocidad de 70 Km. /h si nos empleamos a fondo.”
Alí se fijó más detenidamente en su nueva amiga: “A menos que me equivoque, tus patas sólo tienen dos dedos. ¿Estoy en lo cierto?”
El avestruz levantó una pata para que Alí la viese mejor: “Sí, sólo tenemos dos dedos en cada pata, y uno de ellos es mucho más grande que el otro. Sólo nos apoyamos en este último cuando corremos. Como puedes comprobar, Dios nos creó como a todos los seres vivos, de la nada y de forma única. Nos dotó de una serie de peculiaridades para ayudarnos a sobrevivir, peculiaridades que son muy diferentes de las de otras aves, como debes saber.”
“Es cierto”, dijo Alí pensativo. “Me pregunto cómo traéis a vuestras crías al mundo.”
“Bien, Alí”, respondió el avestruz. “Así como nosotros somos muy grandes, nuestros huevos también lo son. Cavamos un gran agujero en la arena y allí enterramos nuestros huevos gigantes. Ponemos de 10 a 12 huevos de una vez y tenemos que hacer un agujero lo suficientemente grande para todos ellos. En otras palabras, en realidad cavamos un agujero enorme.”
Alí meditó un par de segundos: “¿Por qué hacéis los agujeros en la arena?”, le preguntó a su nueva amiga.
El avestruz sonrió y se arregló las plumas con el pico: “Si los hiciésemos en la tierra en vez de en la arena, nos llevaría muchísimo tiempo. Esto haría que nos cansásemos bastante. Mover arena es más fácil que mover tierra. Tú puedes incluso cavar en la arena con los dedos, pero necesitas una pala para hacerlo en la tierra. Por eso preferimos la primera; así podeos hacer nuestro trabajo más deprisa y sin cansarnos demasiado.”
“Después de poner los huevos, también resulta mucho más fácil cubrirlos con arena. Sabes, en el mundo existe millones de especies diferentes de seres vivos. Todas las criaturas cuentan con sus propias y maravillosas peculiaridades. Dios nos creó a todos. Es Dios quien nos enseña todo lo que hacemos.”
Alí se levantó, puesto que el programa estaba terminando: “Conocerte ha hecho que mi amor y cercanía a Dios aumente aún más. Gracias por lo que me has contado. Adiós.”