KAREEM Y SU ABUELO HASSAN

Kareem se asomaba a la ventana, impaciente por ver aparecer a su abuelo Hassan. Se divertía mucho estando con él. Por fin, llegó. Kareem fue corriendo hacia la puerta y le dio un abrazo. Tal y como esperaba, le había traído regalos: un juguete y unos libros para colorear. Al abuelo le gustaba mucho ver a su nieto tan feliz. Le dijo: “Hoy tengo que hacer algo fuera de la ciudad, ¿te gustaría venir conmigo? Podemos disfrutar de un paseo juntos.”
Kareem aceptó de buen grado y partieron. Dejaron atrás la ciudad. Kareem estaba disfrutando de veras de este paseo sorpresa.
“El aire es tan increíble”, dijo respirando profundamente. “Hoy llenaremos nuestros pulmones de aire puro. Me gustaría que el de la ciudad también fuese así.”
“Eso sería un poco difícil, Kareem”, dijo su abuelo, “por culpa del humo de los coches, el de las chimeneas (especialmente durante el invierno) y la escasez de árboles y plantas, que hacen que el aire de la ciudad no esté limpio.”
Kareem meditó un momento: “Comprendo lo del humo, pero no entiendo muy bien qué tienen que ver las plantas. Los árboles están hechos para dar frutos y hacer que la ciudad sea un poco más bonita, ¿no?”
“Sí”, respondió el abuelo, “los árboles hacen todo eso, pero la función más importante que tienen es la de mantener limpio el aire. Las plantas respiran al revés de todos los demás seres vivos. Los seres humanos y los animales respiramos el oxígeno del aire y, después de usarlo, expulsamos el que nos sobra en forma de anhídrido carbónico. Sin embargo, las plantas respiran anhídrido carbónico y expulsan oxígeno y así limpian el aire. También cuentan con otras características asombrosas y es Dios, el Sabio, quien las ha creado. Si quieres, te puedo contar más cosas acerca de las plantas.”
“Sí, por favor, abuelo. ¡Soy todo oídos!”, exclamó Kareem.
El abuelo Hassan respiró profundamente y comenzó: “Las plantas respiran gracias a un proceso llamado fotosíntesis.”
LA FOTOSÍNTESIS.
“¿Qué es la fotosíntesis?”, interrumpió Kareem.
“Intentaré explicártelo”, le dijo su abuelo, “pero no va a ser fácil porque es algo muy complicado. Incluso los científicos están aún intentando comprender todo el proceso.”





Kareem se detuvo a pensar un momento: “Entonces las plantas sobreviven gracias a un proceso que los científicos aún están intentando comprender. Cuando mencionas la palabra “proceso”, me imagino formulas y cálculos matemáticos. Incluso a nosotros nos resulta difícil a veces aprender matemáticas pero, las plantas, que no tienen ni mente ni cuerpo, pueden hacerlo. ¡Es un milagro!”
El abuelo Hassan sonrió: “Sí, efectivamente se trata de un milagro. Desde el día en que fueron creadas, las plantas han llevado a cabo este proceso químico sin problemas. Dondequiera que se encuentran, significa que hay una fábrica que produce azúcar a partir de anhídrido carbónico y agua utilizando la energía solar. Aunque no tienen conciencia, la espinaca que comemos, la lechuga de nuestras ensaladas y la hiedra de nuestras casas trabajan constantemente para nuestro bien, gracias a la misericordia de Dios Todopoderoso para con nosotros y a Su suprema sabiduría. Él ha creado las plantas para nuestro beneficio y el de todos los animales. Este infalible proceso, que la moderna tecnología humana no llega a comprender del todo, lo han utilizado las hojas durante millones de años. En el Corán, Dios nos dice que un ser humano no es capaz de crear un solo árbol de la nada:
¿O quién, si no, es el que ha creado los cielos y la tierra, y hace caer el agua del cielo? Pues es así como hacemos crecer jardines espléndidos – ¡[mientras que] vosotros no podríais hacer crecer [ni siquiera uno sólo de] sus árboles! (Sura 27:60 Las hormigas.)
A Kareem le sorprendía cómo podían respirar las plantas a través de este proceso químico llamado fotosíntesis. ¿Cómo tenía lugar?”, se preguntaba. Mientras pensaba en ello, su abuelo siguió con la historia: “Usando la tierra, el agua, el aire y el sol, las inconscientes células de la planta toman una cierta cantidad de minerales y agua del suelo y fabrican alimento para los seres humanos. Con la energía que toman del sol descomponen estas sustancias y luego las recomponen para producir comida. Esto es sólo un resumen del proceso, pero en cada paso puedes darte cuenta de que se sigue un plan consciente e inteligente. Está claro que el propósito de este asombroso sistema con el que operan las plantas cosiste en proporcionar una fuente de vida diseñada para el beneficio de los seres humanos.”
“Entonces, ¿qué hacen las hojas?”, preguntó Kareem.
El abuelo Hassan continuó: “¿Te acuerdas de los microscopios que utilizáis en el laboratorio de la escuela para examinar las cosas? Bueno, si examinamos una hoja con un buen microscopio, observaremos de nuevo el esplendor de la creatividad artística de Dios. Cada una de las hojas cuenta con un sistema de producción perfecto. Para comprenderlo mejor, podemos comparar lo que pasa en una hoja con los aparatos que usamos todos los días. Cuando la ampliamos, vemos una fábrica de comida que opera automáticamente sin descanso, con las tuberías a pleno rendimiento, dependencias construidas para seguir procesos especiales, válvulas que funcionan como gigantescas ollas a presión y un número incontable de botones que controlan miles de procesos. Si observamos con más atención, veremos temporizadores, termostatos, humidificadores, mecanismos para el control de la temperatura y sistemas de retroalimentación localizados en lugares concretos.”
Kareem reflexionó sobre ello y dijo: “Resulta increíble que todas estas cosas estén en una hojita y que funcionen sin problemas.”
“Es Dios Nuestro Señor, Kareem, quien ha concebido y diseñado este maravilloso sistema”, le recordó el abuelo Hassan a su nieto. “Con el permiso de Dios, cada hoja que existe en el mundo cuenta con él. No lo olvides.”
Mientras escuchaba a su abuelo, Kareem se fijó en un árbol muy grande y se le ocurrió que los árboles podían tener un problema y cómo podrían vivir si no lo solucionaban. Inmediatamente preguntó a su abuelo: “Abuelo, los árboles son muy altos, ¿cómo elevan el agua y la comida desde el suelo? ¡Fíjate en ése! ¡Es tan grande! Y, sin embargo, las hojas de su copa son verdes.”
El abuelo asintió: “¿No te acuerdas? Hace poco comparábamos las hojas con una fábrica. Volvamos a utilizar esta comparación. Piensa en una tubería cubierta de una especie de telaraña; lo que hace es asegurarse de que las materias primas alcanzan las unidades de producción y de que el producto que se obtiene de ellas se distribuye, gracias al líquido almibarado que se produce en las hojas, a otras áreas para que todo el árbol se alimente. Estos canales no sólo sirven para transportar dicho fluido vital, sino que son también el esqueleto de los árboles y sus hojas. En un edificio construido por personas, los elementos que las mantienen en pie (los clavos y las vigas) y el sistema de conducción del agua se construyen por separado. Resulta un milagro que, en el caso de las plantas, estas dos cosas ocurran al mismo tiempo.
Kareem estuvo pensando: “En verdad es un sistema maravilloso. Me pregunto si es como una especie de calendario o reloj que tienen las plantas en su interior lo que les permite hacer las mismas cosas todo el tiempo sin equivocarse. Por ejemplo, cada primavera florecen las flores y cada otoño caen las hojas de los árboles. ¿Cómo es esto posible, abuelo?”
“Los científicos lo llaman reloj biológico”, le explicó. “Son relojes que ajustan el tiempo para que las plantas calculen durante cuánto tiempo les da el sol a las hojas y lo calculan de manera diferente para cada planta. Por ejemplo, como consecuencia de los experimentos hechos en las semillas de soja, sabemos que estas plantas florecen cada año a la misma vez, no importa dónde estén plantadas. Ciertamente, es Dios Todopoderoso quien hace estos ajustes en las plantas.”
El abuelo Hassan y su nieto se pararon al lado de un huerto que había a la orilla de la carretera. Después de pedir permiso al dueño, cogieron algunas ciruelas, las lavaron y comieron. Estaban deliciosas. El abuelo dijo: “¿Sabías, Kareem, que la energía que nos dan las plantas en realidad proviene del sol?”
Kareem se sorprendió: “¿Qué quieres decir?”, preguntó. “¿Estamos comiendo el sol cuando comemos estas ciruelas?”
El abuelo Hassan sonrió: “Nos estamos comiendo el sol, pero indirectamente. Todo el mundo sabe que la principal fuente de energía de la Tierra es el Sol. Pero ni los seres humanos ni los animales la usamos directamente porque no contamos con los sistemas apropiados para ello. ¿Sabes cómo la utilizamos? Ambos, personas y animales, nos servimos de los nutrientes que producen las plantas. Nuestra energía es en realidad la que nos da el sol a través de las plantas. Por ejemplo, cuando tomamos té, lo que estamos haciendo es beber la energía del sol; cuando masticamos un pedazo de pan, lo que tenemos en la boca es un trozo de energía solar. La fuerza de nuestros músculos es una variación de dicha energía. Gracias a ella puedes correr y jugar. ¿Cómo consiguen las plantas transformarla? Llevan a cabo complicadas operaciones para almacenarla y ofrecérnosla. Lo que permite que las plantas produzcan su propia comida y las diferencia de otros seres vivos es que sus células son distintas de las de las personas y los animales; estas células tienen estructuras que les permiten usar directamente la energía proveniente del sol. Con la ayuda de dichas estructuras transforman la energía solar de manera que personas y animales la pueden usar como comida y almacenan esta energía en forma de comida a través de una fórmula secreta especial.”
“¡Es maravilloso!”, exclamó Kareem encantado. “¡Dios ha creado todas las cosas para beneficio de las personas!”
El abuelo Hassan asintió: “Por tanto, debemos pensar en todo esto y dar gracias a Nuestro Señor por habernos otorgado tantas bendiciones. Dios nos dice en el Corán que deberíamos darle las gracias:
Para que coman de sus frutos, aunque no fueron sus manos las que los crearon. ¿No van, pues, a ser agradecidos? (Sura 36:35 Oh tú, ser humano.)
La materia favorita de Kareem era Ciencias. De repente, se acordó de un experimento que hicieron en la escuela. Se volvió a su abuelo y le dijo: “Abuelo, un día hicimos un experimento en la escuela. Nuestro profesor nos mandó unos deberes: pusimos una habichuela dentro de un trozo de algodón, la colocamos en un lugar soleado y la regamos durante unos cuantos días. ¡Adivina lo que pasó!”
El abuelo Hassan sonrió de nuevo: “Las habichuelas brotaron, ¿verdad? Pensemos en esto, que demuestra un hecho natural muy básico que, en realidad, es un milagro. Has visto cómo un mago saca un conejo de un sombrero vacío, ¿verdad? Bueno, algo parecido ocurre con la habichuela que brota dentro de un trozo de algodón o bajo tierra. En un espectáculo de magia nuestros ojos nos engañan, pero una planta que sale de una semilla diminuta no es un engaño. Con milagros como este Nuestro Señor, el Conocedor, crea plantas a partir de minúsculas semillas y nos demuestra que ningún ser vivo existe por casualidad. Los que afirman esto último se engañan a ellos mismos, ¿verdad, Kareem?”
“Sí, abuelo”, asintió Kareem muy contento.
El abuelo Hassan continuó hablando: “Una parte de la planta que brota de la semilla baja a tierra y la otra crece hacia arriba. El suelo está bastante duro y es compacto, además, resulta muy difícil crecer en ambas direcciones. Estos pequeños brotes no tienen ni inteligencia ni conciencia como nosotros, por lo que resulta un verdadero milagro que logren algo así.”
“¡Piensa en lo que ocurriría si plantásemos una semilla en el suelo y no brotase!”, exclamó Kareem. “Entonces todos tendríamos graves problemas para encontrar comida con la que alimentarnos. Y si humanos y animales no pudiesen encontrar nada para comer, morirían lentamente.”
El abuelo Hassan asintió con la cabeza: “Dios nos advierte de ello en el Corán, Kareem:
¿Habéis considerado alguna vez la semilla que sembráis? ¿Sois vosotros quienes la hacéis crecer –o somos Nosotros la causa de su crecimiento? [Pues,] si quisiéramos, lo convertiríamos en broza, y os quedaríais aturdidos [lamentándoos]. (Sura 56:63-5 Lo que ha de ocurrir.)
Conforme caminaba, Kareem reflexionó sobre lo que su abuelo le había contado. Le dijo lo que estaba pensando: “Las plantas son muy importantes para nuestra supervivencia, abuelo: limpian el aire que respiramos, nos alimentan y nos dan energía, nos proporcionan frutas y verduras deliciosas y embellecen los lugares en los que se encuentran. ¡Fíjate: mira cuántos árboles, flores, frutos y granos diferentes hay!”
“Te has olvidado de otra bendición”, dijo su abuelo. “Proviene de las plantas y Dios nos habla de ella en el Corán:
Aquel que del árbol verde produce para vosotros fuego, pues, ¡he ahí! Que encendéis [vuestros fuegos] con él. (Sura 36:80 Oh tú, ser humano.)
“Es cierto, ¿cómo he podido olvidarlo?”, se dijo Kareem. “Quemamos la madera que obtenemos de los árboles para calentarnos. La materia prima para los libros, cuadernos, periódicos y toda clase de papel tiene su origen en los árboles; así como las cerillas con las que encendemos el fuego, los sillones en los que nos sentamos, los pupitres, las puertas, las ventanas…”
El abuelo Hassan estuvo enteramente de acuerdo: “Aparte de la utilidad de las plantas, éstas también tienen otra peculiaridad. Una vid que crece en América Central y del Sur atrae y proporciona la comida ideal para las orugas negras y verdes y para las mariposas rojas. Estos insectos ponen sus huevos en la vid de manera que, cuando eclosionan, tienen esta deliciosa comida para alimentarse. Pero lo importante es que, antes de poner sus huevos en la vid, las mariposas comprueban las hojas. Si otro insecto ha colocado allí sus huevos, se dan cuenta de que sería difícil que dos familias se alimentasen de las hojas de la misma planta, así que van en busca de otra. Esta vid desarrolla ampollas verdes en la superficie de sus hojas y, algunas variedades, manchas que se asemejan a los huevos de las mariposas bajo sus hojas, en el punto en el que se unen al tallo. Cuando las orugas y las mariposas las ven, creen que otro insecto ha puesto sus huevos allí, así que van en busca de otra planta.”
“¡Qué gran sistema defensivo!”, exclamó Kareem impresionado.
Sí, Kareem”, concluyó el abuelo Hassan. “Es Dios con Su suprema sabiduría quien ha enseñado a esta planta cómo protegerse. Nunca lo olvides, ¿de acuerdo?”