Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos islamicos para niños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos islamicos para niños. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de abril de 2010

KAREEM Y SU ABUELO HASSAN

Kareem se asomaba a la ventana, impaciente por ver aparecer a su abuelo Hassan. Se divertía mucho estando con él. Por fin, llegó. Kareem fue corriendo hacia la puerta y le dio un abrazo. Tal y como esperaba, le había traído regalos: un juguete y unos libros para colorear. Al abuelo le gustaba mucho ver a su nieto tan feliz. Le dijo: “Hoy tengo que hacer algo fuera de la ciudad, ¿te gustaría venir conmigo? Podemos disfrutar de un paseo juntos.”
Kareem aceptó de buen grado y partieron. Dejaron atrás la ciudad. Kareem estaba disfrutando de veras de este paseo sorpresa.
“El aire es tan increíble”, dijo respirando profundamente. “Hoy llenaremos nuestros pulmones de aire puro. Me gustaría que el de la ciudad también fuese así.”
“Eso sería un poco difícil, Kareem”, dijo su abuelo, “por culpa del humo de los coches, el de las chimeneas (especialmente durante el invierno) y la escasez de árboles y plantas, que hacen que el aire de la ciudad no esté limpio.”
Kareem meditó un momento: “Comprendo lo del humo, pero no entiendo muy bien qué tienen que ver las plantas. Los árboles están hechos para dar frutos y hacer que la ciudad sea un poco más bonita, ¿no?”
“Sí”, respondió el abuelo, “los árboles hacen todo eso, pero la función más importante que tienen es la de mantener limpio el aire. Las plantas respiran al revés de todos los demás seres vivos. Los seres humanos y los animales respiramos el oxígeno del aire y, después de usarlo, expulsamos el que nos sobra en forma de anhídrido carbónico. Sin embargo, las plantas respiran anhídrido carbónico y expulsan oxígeno y así limpian el aire. También cuentan con otras características asombrosas y es Dios, el Sabio, quien las ha creado. Si quieres, te puedo contar más cosas acerca de las plantas.”
“Sí, por favor, abuelo. ¡Soy todo oídos!”, exclamó Kareem.
El abuelo Hassan respiró profundamente y comenzó: “Las plantas respiran gracias a un proceso llamado fotosíntesis.”
LA FOTOSÍNTESIS.
“¿Qué es la fotosíntesis?”, interrumpió Kareem.
“Intentaré explicártelo”, le dijo su abuelo, “pero no va a ser fácil porque es algo muy complicado. Incluso los científicos están aún intentando comprender todo el proceso.”





Kareem se detuvo a pensar un momento: “Entonces las plantas sobreviven gracias a un proceso que los científicos aún están intentando comprender. Cuando mencionas la palabra “proceso”, me imagino formulas y cálculos matemáticos. Incluso a nosotros nos resulta difícil a veces aprender matemáticas pero, las plantas, que no tienen ni mente ni cuerpo, pueden hacerlo. ¡Es un milagro!”
El abuelo Hassan sonrió: “Sí, efectivamente se trata de un milagro. Desde el día en que fueron creadas, las plantas han llevado a cabo este proceso químico sin problemas. Dondequiera que se encuentran, significa que hay una fábrica que produce azúcar a partir de anhídrido carbónico y agua utilizando la energía solar. Aunque no tienen conciencia, la espinaca que comemos, la lechuga de nuestras ensaladas y la hiedra de nuestras casas trabajan constantemente para nuestro bien, gracias a la misericordia de Dios Todopoderoso para con nosotros y a Su suprema sabiduría. Él ha creado las plantas para nuestro beneficio y el de todos los animales. Este infalible proceso, que la moderna tecnología humana no llega a comprender del todo, lo han utilizado las hojas durante millones de años. En el Corán, Dios nos dice que un ser humano no es capaz de crear un solo árbol de la nada:
¿O quién, si no, es el que ha creado los cielos y la tierra, y hace caer el agua del cielo? Pues es así como hacemos crecer jardines espléndidos – ¡[mientras que] vosotros no podríais hacer crecer [ni siquiera uno sólo de] sus árboles! (Sura 27:60 Las hormigas.)
A Kareem le sorprendía cómo podían respirar las plantas a través de este proceso químico llamado fotosíntesis. ¿Cómo tenía lugar?”, se preguntaba. Mientras pensaba en ello, su abuelo siguió con la historia: “Usando la tierra, el agua, el aire y el sol, las inconscientes células de la planta toman una cierta cantidad de minerales y agua del suelo y fabrican alimento para los seres humanos. Con la energía que toman del sol descomponen estas sustancias y luego las recomponen para producir comida. Esto es sólo un resumen del proceso, pero en cada paso puedes darte cuenta de que se sigue un plan consciente e inteligente. Está claro que el propósito de este asombroso sistema con el que operan las plantas cosiste en proporcionar una fuente de vida diseñada para el beneficio de los seres humanos.”
“Entonces, ¿qué hacen las hojas?”, preguntó Kareem.
El abuelo Hassan continuó: “¿Te acuerdas de los microscopios que utilizáis en el laboratorio de la escuela para examinar las cosas? Bueno, si examinamos una hoja con un buen microscopio, observaremos de nuevo el esplendor de la creatividad artística de Dios. Cada una de las hojas cuenta con un sistema de producción perfecto. Para comprenderlo mejor, podemos comparar lo que pasa en una hoja con los aparatos que usamos todos los días. Cuando la ampliamos, vemos una fábrica de comida que opera automáticamente sin descanso, con las tuberías a pleno rendimiento, dependencias construidas para seguir procesos especiales, válvulas que funcionan como gigantescas ollas a presión y un número incontable de botones que controlan miles de procesos. Si observamos con más atención, veremos temporizadores, termostatos, humidificadores, mecanismos para el control de la temperatura y sistemas de retroalimentación localizados en lugares concretos.”
Kareem reflexionó sobre ello y dijo: “Resulta increíble que todas estas cosas estén en una hojita y que funcionen sin problemas.”
“Es Dios Nuestro Señor, Kareem, quien ha concebido y diseñado este maravilloso sistema”, le recordó el abuelo Hassan a su nieto. “Con el permiso de Dios, cada hoja que existe en el mundo cuenta con él. No lo olvides.”
Mientras escuchaba a su abuelo, Kareem se fijó en un árbol muy grande y se le ocurrió que los árboles podían tener un problema y cómo podrían vivir si no lo solucionaban. Inmediatamente preguntó a su abuelo: “Abuelo, los árboles son muy altos, ¿cómo elevan el agua y la comida desde el suelo? ¡Fíjate en ése! ¡Es tan grande! Y, sin embargo, las hojas de su copa son verdes.”
El abuelo asintió: “¿No te acuerdas? Hace poco comparábamos las hojas con una fábrica. Volvamos a utilizar esta comparación. Piensa en una tubería cubierta de una especie de telaraña; lo que hace es asegurarse de que las materias primas alcanzan las unidades de producción y de que el producto que se obtiene de ellas se distribuye, gracias al líquido almibarado que se produce en las hojas, a otras áreas para que todo el árbol se alimente. Estos canales no sólo sirven para transportar dicho fluido vital, sino que son también el esqueleto de los árboles y sus hojas. En un edificio construido por personas, los elementos que las mantienen en pie (los clavos y las vigas) y el sistema de conducción del agua se construyen por separado. Resulta un milagro que, en el caso de las plantas, estas dos cosas ocurran al mismo tiempo.
Kareem estuvo pensando: “En verdad es un sistema maravilloso. Me pregunto si es como una especie de calendario o reloj que tienen las plantas en su interior lo que les permite hacer las mismas cosas todo el tiempo sin equivocarse. Por ejemplo, cada primavera florecen las flores y cada otoño caen las hojas de los árboles. ¿Cómo es esto posible, abuelo?”
“Los científicos lo llaman reloj biológico”, le explicó. “Son relojes que ajustan el tiempo para que las plantas calculen durante cuánto tiempo les da el sol a las hojas y lo calculan de manera diferente para cada planta. Por ejemplo, como consecuencia de los experimentos hechos en las semillas de soja, sabemos que estas plantas florecen cada año a la misma vez, no importa dónde estén plantadas. Ciertamente, es Dios Todopoderoso quien hace estos ajustes en las plantas.”
El abuelo Hassan y su nieto se pararon al lado de un huerto que había a la orilla de la carretera. Después de pedir permiso al dueño, cogieron algunas ciruelas, las lavaron y comieron. Estaban deliciosas. El abuelo dijo: “¿Sabías, Kareem, que la energía que nos dan las plantas en realidad proviene del sol?”
Kareem se sorprendió: “¿Qué quieres decir?”, preguntó. “¿Estamos comiendo el sol cuando comemos estas ciruelas?”
El abuelo Hassan sonrió: “Nos estamos comiendo el sol, pero indirectamente. Todo el mundo sabe que la principal fuente de energía de la Tierra es el Sol. Pero ni los seres humanos ni los animales la usamos directamente porque no contamos con los sistemas apropiados para ello. ¿Sabes cómo la utilizamos? Ambos, personas y animales, nos servimos de los nutrientes que producen las plantas. Nuestra energía es en realidad la que nos da el sol a través de las plantas. Por ejemplo, cuando tomamos té, lo que estamos haciendo es beber la energía del sol; cuando masticamos un pedazo de pan, lo que tenemos en la boca es un trozo de energía solar. La fuerza de nuestros músculos es una variación de dicha energía. Gracias a ella puedes correr y jugar. ¿Cómo consiguen las plantas transformarla? Llevan a cabo complicadas operaciones para almacenarla y ofrecérnosla. Lo que permite que las plantas produzcan su propia comida y las diferencia de otros seres vivos es que sus células son distintas de las de las personas y los animales; estas células tienen estructuras que les permiten usar directamente la energía proveniente del sol. Con la ayuda de dichas estructuras transforman la energía solar de manera que personas y animales la pueden usar como comida y almacenan esta energía en forma de comida a través de una fórmula secreta especial.”
“¡Es maravilloso!”, exclamó Kareem encantado. “¡Dios ha creado todas las cosas para beneficio de las personas!”
El abuelo Hassan asintió: “Por tanto, debemos pensar en todo esto y dar gracias a Nuestro Señor por habernos otorgado tantas bendiciones. Dios nos dice en el Corán que deberíamos darle las gracias:
Para que coman de sus frutos, aunque no fueron sus manos las que los crearon. ¿No van, pues, a ser agradecidos? (Sura 36:35 Oh tú, ser humano.)
La materia favorita de Kareem era Ciencias. De repente, se acordó de un experimento que hicieron en la escuela. Se volvió a su abuelo y le dijo: “Abuelo, un día hicimos un experimento en la escuela. Nuestro profesor nos mandó unos deberes: pusimos una habichuela dentro de un trozo de algodón, la colocamos en un lugar soleado y la regamos durante unos cuantos días. ¡Adivina lo que pasó!”
El abuelo Hassan sonrió de nuevo: “Las habichuelas brotaron, ¿verdad? Pensemos en esto, que demuestra un hecho natural muy básico que, en realidad, es un milagro. Has visto cómo un mago saca un conejo de un sombrero vacío, ¿verdad? Bueno, algo parecido ocurre con la habichuela que brota dentro de un trozo de algodón o bajo tierra. En un espectáculo de magia nuestros ojos nos engañan, pero una planta que sale de una semilla diminuta no es un engaño. Con milagros como este Nuestro Señor, el Conocedor, crea plantas a partir de minúsculas semillas y nos demuestra que ningún ser vivo existe por casualidad. Los que afirman esto último se engañan a ellos mismos, ¿verdad, Kareem?”
“Sí, abuelo”, asintió Kareem muy contento.
El abuelo Hassan continuó hablando: “Una parte de la planta que brota de la semilla baja a tierra y la otra crece hacia arriba. El suelo está bastante duro y es compacto, además, resulta muy difícil crecer en ambas direcciones. Estos pequeños brotes no tienen ni inteligencia ni conciencia como nosotros, por lo que resulta un verdadero milagro que logren algo así.”
“¡Piensa en lo que ocurriría si plantásemos una semilla en el suelo y no brotase!”, exclamó Kareem. “Entonces todos tendríamos graves problemas para encontrar comida con la que alimentarnos. Y si humanos y animales no pudiesen encontrar nada para comer, morirían lentamente.”
El abuelo Hassan asintió con la cabeza: “Dios nos advierte de ello en el Corán, Kareem:
¿Habéis considerado alguna vez la semilla que sembráis? ¿Sois vosotros quienes la hacéis crecer –o somos Nosotros la causa de su crecimiento? [Pues,] si quisiéramos, lo convertiríamos en broza, y os quedaríais aturdidos [lamentándoos]. (Sura 56:63-5 Lo que ha de ocurrir.)
Conforme caminaba, Kareem reflexionó sobre lo que su abuelo le había contado. Le dijo lo que estaba pensando: “Las plantas son muy importantes para nuestra supervivencia, abuelo: limpian el aire que respiramos, nos alimentan y nos dan energía, nos proporcionan frutas y verduras deliciosas y embellecen los lugares en los que se encuentran. ¡Fíjate: mira cuántos árboles, flores, frutos y granos diferentes hay!”
“Te has olvidado de otra bendición”, dijo su abuelo. “Proviene de las plantas y Dios nos habla de ella en el Corán:
Aquel que del árbol verde produce para vosotros fuego, pues, ¡he ahí! Que encendéis [vuestros fuegos] con él. (Sura 36:80 Oh tú, ser humano.)
“Es cierto, ¿cómo he podido olvidarlo?”, se dijo Kareem. “Quemamos la madera que obtenemos de los árboles para calentarnos. La materia prima para los libros, cuadernos, periódicos y toda clase de papel tiene su origen en los árboles; así como las cerillas con las que encendemos el fuego, los sillones en los que nos sentamos, los pupitres, las puertas, las ventanas…”
El abuelo Hassan estuvo enteramente de acuerdo: “Aparte de la utilidad de las plantas, éstas también tienen otra peculiaridad. Una vid que crece en América Central y del Sur atrae y proporciona la comida ideal para las orugas negras y verdes y para las mariposas rojas. Estos insectos ponen sus huevos en la vid de manera que, cuando eclosionan, tienen esta deliciosa comida para alimentarse. Pero lo importante es que, antes de poner sus huevos en la vid, las mariposas comprueban las hojas. Si otro insecto ha colocado allí sus huevos, se dan cuenta de que sería difícil que dos familias se alimentasen de las hojas de la misma planta, así que van en busca de otra. Esta vid desarrolla ampollas verdes en la superficie de sus hojas y, algunas variedades, manchas que se asemejan a los huevos de las mariposas bajo sus hojas, en el punto en el que se unen al tallo. Cuando las orugas y las mariposas las ven, creen que otro insecto ha puesto sus huevos allí, así que van en busca de otra planta.”
“¡Qué gran sistema defensivo!”, exclamó Kareem impresionado.
Sí, Kareem”, concluyó el abuelo Hassan. “Es Dios con Su suprema sabiduría quien ha enseñado a esta planta cómo protegerse. Nunca lo olvides, ¿de acuerdo?”

miércoles, 3 de febrero de 2010

Kamal y el caballito de mar

Kamal y su familia fueron a una playa de un lugar turístico. Enfrente de una pequeña tienda, había un acuario que albergaba algunas criaturas interesantes. Kamal se acercó y vio un caballito de mar que nadaba despacio.
“¡Qué pequeño eres!”, dijo Kamal. “Creía que los caballitos de mar eran más grandes.”
“Sí”, respondió el caballito. “Los que nos ven en los libros o en la televisión creen que somos mucho más grandes de lo que en verdad somos. En realidad, medimos de 4 a 30 cm.”
Kamal se fijó en él con más detenimiento: “Tus ojos se mueven en todas direcciones, ¿verdad? Así puedes saber lo que pasa a tu alrededor.”
“Estás en lo cierto”, asintió el caballito de mar. “Dios ha creado nuestras cabezas formando un ángulo recto con nuestros cuerpos. Ninguna otra criatura marina cuenta con esta peculiaridad. Por este motivo, nadamos en posición vertical y sólo podemos mover la cabeza arriba y abajo. En realidad, si existiesen otras criaturas con dicha peculiaridad, tendrían problemas para mover sus cabezas a derecha e izquierda y no se podrían proteger de los peligros que les acechan. Sin embargo, gracias al especial diseño de nuestros cuerpos, nosotros no tenemos problemas.
Dios Todopoderoso ha hecho que nuestros ojos sean independientes uno del otro y que se puedan mover libremente en cualquier dirección, así que podemos ver con facilidad a nuestro alrededor. Por tanto, aunque no podamos mover la cabeza a los lados, somos capaces de verlo todo. Con la enorme variedad de diseños y sorprendentes cualidades con que Dios ha creado a todos los seres vivos, nos muestra su infinita creatividad y sabiduría.”
Kamal pensó en otra pregunta que le gustaría hacer: “Siento curiosidad por una cosa: no tenéis ni aletas ni cola, entonces ¿cómo os movéis arriba y abajo en el agua?”
El caballito de mar respondió: “Contamos con un sistema especial para poder nadar. Tenemos unas vejigas natatorias que dentro llevan una especie de gas. Haciendo los ajustes necesarios en la cantidad de gas, podemos desplazarnos arriba y abajo en el agua. Aunque, si se nos estropeasen, nos hundiríamos hasta el fondo del mar. Dicho de otro modo, si se produjera algún cambio en la cantidad de gas existente en nuestras vedijas, moriríamos. Nuestro Señor ha tenido mucho cuidado en fijar la cantidad adecuada de gas.”
“¡Qué diseño tan maravilloso!”, exclamó Kamal.
“Como puedes comprobar, amiguito”, continuó el caballito de mar, “Dios nos ha dotado a nosotros y a todas las criaturas del universo de características perfectas. Los caballitos de mar somos sólo una de las muchas clases de criaturas que existen bajo el mar, y nuestro diseño es un ejemplo del poder y sabiduría ilimitados de Dios.”
Cuando terminó de hablar con el caballito de mar, Kamal regresó con su madre. El maravilloso diseño de esta minúscula criatura le había hecho asombrarse aún más de la capacidad creadora de Dios.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Uthman y su abuelo

Tan pronto como Idrees regresó de la escuela, fue corriendo a ver a su abuelo para preguntarle algo que le rondaba por la cabeza.
“Abuelo”, le dijo. “Quiero preguntarte algo.”
“¿Qué, Idrees?”, replicó el abuelo Uthman.
“Abuelo, en el autobús, una mujer le estaba contando a su amiga lo importante que es tener paciencia y cómo debería ser según la describe el Corán. ¿Puedes explicarme lo que quería decir, abuelo?”
El abuelo Uthman asintió: “La mayoría de la gente desconoce el verdadero significado de la paciencia o cómo debería comportarse una persona paciente. Algunos piensan que simplemente se trata de enfrentarse a las dificultades y frustraciones de la vida aguantándolas. Pero Dios nos enseña en el Corán que la verdadera paciencia es muy diferente a soportar algo.”
Idrees le hizo otra pregunta: “Entonces, abuelo, ¿cuál es la verdadera paciencia, según el Corán?”
“Sabes, Idrees”, respondió el abuelo, “la manera de ganarse el favor, amor y agrado de Dios consiste en obedecer Sus leyes y mandatos según el Corán. Dios quiere que Sus siervos practiquen la moral del Corán hasta el fin de sus vidas. El secreto que les permite cumplir dichas leyes y mandatos, pase lo que pase, subyace en la paciencia que da la fe. Una persona que conoce el verdadero significado de la paciencia puede comportarse de la manera que Dios desea y rezar sus oraciones puntualmente. Una persona que tiene fe sabe que la sabiduría de Dios está en cualquier parte, que nada ocurre sin su consentimiento y que, detrás de cada suceso, yace un propósito, y todas las incontables cosas buenas que ha creado.”
“En ese caso, uno no debería preocuparse por las cosas que le pasen, sino que siempre debería ser paciente”, dijo Idrees.
El abuelo Uthman sonrió: “Muy cierto, Idrees. Dios es amigo, protector y salvador del creyente. Por tanto, aunque no lo parezca a simple vista, todo lo que nos pasa es por nuestro bien. Por este motivo, para un creyente, tener paciencia no significa estar obligado a seguir una orden de tipo moral; por el contrario, es un acto de adoración que realiza con alegría y gusto. Los creyentes saben que todo lo que les ocurre lo ha hecho Dios y que algo bueno saldrá de ello. Porque saben que Dios ha determinado lo mejor para ellos, se enfrentan a todo lo que les sucede con gran alegría y satisfacción interior. En el Corán, Dios dice:
[Los creyentes son] esos que son pacientes en la adversidad y confían en Su Sustentador. (Sura 29:59 La araña.)
“En ese caso, no se puede agotar la paciencia de un creyente”, exclamó Idrees entusiasmado. “Ahora comprendo lo que dijo la mujer del autobús.”
El abuelo Uthman respondió: “Sí, hijo mío. Los humanos tenemos paciencia porque es un mandato de Dios y nunca debemos colocarnos en una situación en que la perdamos. Durante toda nuestra vida llevaremos a cabo este acto de adoración con gran contento y fervor.”
“Gracias, abuelo”, dijo Idrees. “Ahora comprendo que la paciencia es muy importante y, si Dios lo quiere, ésta puede ser infinita.”

lunes, 23 de noviembre de 2009

Omar y el Pez

Un día, Omar y su padre se levantaron antes del amanecer para ir de pesca. A Omar le gustaba ver salir el sol mientras pescaba con su padre. Por las mañanas, el cielo estaba espléndido y la salida del sol llenaba su corazón de contento cada vez que la contemplaba.
Mientras su padre colocaba el cebo en los anzuelos, Omar se sentó al borde del pequeño barco y miró hacia el mar. De repente, oyó una voz a sus espaldas:
“Buenos días, amiguito”, dijo una voz burbujeante.
“Hola, buenos días a ti también, pececito”, contestó Omar. “Parece que tú también te has levantado temprano para nadar. Siempre me he preguntado una cosa: hace poco que he aprendido a nadar pero vosotros, los peces, podéis hacerlo tan pronto como nacéis. ¿Cómo lo conseguís?”
“En verdad”, dijo el pez, “no necesitamos movernos mucho para poder nadar; sólo es suficiente con menear la cola de un lado a otro. Vivimos cómodamente en el agua gracias a nuestras flexibles espinas dorsales y a varios sistemas que tenemos en nuestro cuerpo.”
“Debes pasártelo muy bien nadando en el agua”, comentó Omar.
“Cierto”, asintió su nuevo amigo. “Pero recuerda que nuestros cuerpos han sido especialmente creados para que podamos hacerlo. Piensa un poco, ¿para ti es más fácil caminar en el agua o en tierra firme? A nosotros se nos ha dotado de unos músculos y espinas dorsales especiales para poder vivir y nadar en el agua. La espina dorsal nos mantiene derechos y también conecta las aletas y los músculos. Si no fuera por esto, nos resultaría imposible vivir en el agua. Ves, amiguito, al igual que a todos los demás seres vivos, Dios nos ha creado sin fallo y nos ha proporcionado las características más adecuadas para el medio en que habitamos.”
“No sólo nadáis a derecha e izquierda, sino que a veces bajáis a las profundidades. ¿Cómo lo hacéis?”, preguntó Omar.
“Gracias a varios sistemas corporales con los que Dios nos ha dotado”, contestó su amigo. “Un pez tiene una especie de globo en la cavidad abdominal y, llenándolo de aire, puede bajar a las profundidades o ir derechos a la superficie si la vacía. Por supuesto que nunca podríamos haber desarrollado esta característica por nuestros propios medios, a menos que Dios lo hubiese querido.”
Mientras su padre seguía trabajando en la popa del barco, Omar continuó su conversación con el pez:
“Pienso en lugares muy llenos de gente. Todo el mundo se tiene que mover a la derecha o a la izquierda al mismo tiempo y, si está oscuro, resulta imposible moverse sin tropezar con alguien. ¿Cómo solucionáis los peces este problema?”
El pececito empezó la explicación: “Para evitar tropezar con lo que tienes a tu alrededor, tienes que fijarte en lo que hay, aunque los peces no tenemos necesidad del sentido de la vista. Contamos con otro llamado “línea lateral” gracias al cual podemos detectar el más ligero cambio de presión que tenga lugar en el agua o la mínima perturbación en la dirección a seguir por medio de unos sensores especiales situados en dicha “línea lateral”. Al sentir las vibraciones, sabemos cuando hay un enemigo o un obstáculo sin necesidad de verlo con los ojos. Estos detectores son particularmente sensibles a las vibraciones de baja frecuencia cercanas. Por ejemplo, podemos percibir pasos en la orilla o cualquier cosa que se arroje al agua en el mismo instante en que se produce y obrar en consecuencia.”
Omar asintió con entusiasmo: “Ahora comprendo. Puedo cantar o poner la radio fuera del agua y no te molesta, pero la más mínima vibración que se produzca dentro de ella, por ejemplo, si se mueve el embarcadero o tiro una piedra, ¡todos desaparecéis!”
Su nuevo amigo siguió diciendo: “Omar, nuestro sistema, que los científicos llaman “línea lateral”, es en realidad una estructura muy compleja. No es posible que dicho sistema se hubiese desarrollado por casualidad o accidentalmente o poco a poco con el paso del tiempo. Todos los elementos de este sistema aparecieron al mismo tiempo, de otro modo no funcionaría.”
Omar se fijó en el pez más de cerca y se dio cuenta de que no tenía párpados, así que preguntó sorprendido:
“No tienes párpados. ¿Cómo proteges tus ojos?”
“Cierto”, respondió su amigo. “Los peces no tenemos párpados como las personas. Vemos el mundo a través de una delicada membrana que cubre nuestros ojos. Podemos compararla a las gafas de un buzo. Puesto que, sobre todo, necesitamos ver los objetos que se encuentran muy cerca, nuestros ojos han sido creados a este fin. Cuando necesitamos ver en la distancia, nuestro sistema de lentes se retrae por medio de un mecanismo ligado a un músculo específico dentro del ojo. Incluso nuestros pequeños ojos cuentan con una estructura compleja. No hay duda de que ésta es otra de las muchas pruebas de la creación suprema de Dios.”
Omar recordó un documental que había visto el día antes en la tele. Mostraba un banco de peces de diferentes formas y colores. Pensó que los maravillosos colores de los peces y sus extraordinarias características eran unas pruebas excelentes de la suprema creación de Dios. Su amiguito, el inteligente pez, siguió dándole información sobre sí mismo:
“¿Sabías, amigo mío, que los cuerpos de la mayoría de nosotros están cubiertos de una piel muy gruesa?”
Omar lo pensó un momento: “Sí, tenéis una piel escamosa, lo he visto. Pero no parece muy gruesa.”
“Esta piel está formada por una capa superior y otra inferior”, explicó el pez. “Dentro de la capa superior hay unas glándulas que fabrican un material llamado moco que nos ayuda a reducir la fricción al mínimo cuando nos desplazamos en el agua, lo cual nos permite movernos más rápido. A la vez, al hacernos resbaladizos, consigue que sea muy difícil que nos atrapen nuestros enemigos. Otra característica del moco es que nos protege de las enfermedades.”
Omar asintió: “Sí. Una vez intenté coger con la mano los peces del cubo de mi padre, pero se me resbalaban.”
El pez sonrió: “No acaban aquí las distintivas características de nuestra piel. La parte superior cuenta con una capa especial hecha de queratina. La queratina es un material duro y resistente compuesto por viejas células muertas de la parte inferior, que pierden el contacto con sus fuentes de alimento y oxígeno.”
“Esta capa hecha de queratina evita que el agua penetre en el cuerpo y es útil para equilibrar la presión interior y exterior. Si esta capa no existiera, el agua entraría en nuestro cuerpo, se destruiría el equilibrio citado anteriormente y moriríamos al instante.”
Omar estaba otra vez impresionado: “¡Qué extraordinarias peculiaridades tiene la piel de un pez, y en las que nadie piensa!”
“Tienes razón”, asintió el pez. “Omar, como puedes comprobar, es Dios, el que todo lo creó, quien dotó a los peces de todas sus características. Dios es consciente e las necesidades de todos los seres vivos.”
Omar oyó la voz de su padre que le llamaba desde la popa del barco:
“¡Venga, Omar, es hora de regresar a casa!”
Omar se demoró un momento para decirle adiós a su amiguito: “Gracias por la información que me has dado. Cada vez que vea un pez recordaré la suprema creación de Dios y le daré gracias por todos los dones que nos ha otorgado.”

sábado, 10 de octubre de 2009

MANSOOR Y LOS GIGANTESCOS OSOS POLARES.

Mansoor y su madre intentaban decidir dónde pasar las vacaciones de verano. Su madre sugirió que deberían ir a una agencia de viajes y decidir allí consultando los folletos publicitarios de diferentes países, así que fueron juntos. Tan pronto como entraron en la agencia, se fijaron en los pósters de lugares que nunca antes habían visto que había pegados en las paredes. Mientras su madre hablaba con un empleado, Mansoor comenzó a examinarlos uno a uno. Se sobresaltó al escuchar una voz que provenía de uno de los pósters que tenía cerca:
“¡Eh, Mansoor, hola!”, dijo una voz muy grave. “¿Por qué no venís tu madre y tú aquí?”
Mansoor giró la cabeza hacia donde provenía la voz. El que hablaba era el oso polar, justo el póster que tenía al lado.
“¡Hola!”, dijo. “¡Creía que eras un muñeco de nieve gigante!”
El oso polar sonrió contento: “Tienes razón, con nuestros enormes cuerpos y nuestra blanca piel parecemos muñecos de nieve. Pero estoy seguro de que con nuestros 800 kilos de peso y dos metros y medio de largo somos mucho más grandes que ellos.”
“Me gustaría ir a visitarte a ti y a tu familia para conocerte mejor, pero donde vives hace muchísimo frío.”
“Otra vez estás en lo cierto”, asintió el oso. “Vivimos en las regiones más frías, tales como el Polo Norte, el norte de Canadá, el norte de Liberia y en el Antártico.”
“Entonces, ¿cómo es que no pasas frío?”, le preguntó Mansoor.
“Buena pregunta”, dijo su nuevo amigo. “Déjame explicártelo. Cada parte de nuestro cuerpo está diseñada de acuerdo con el medio en que vivimos. A pesar del terrible frío, del hielo y de las tormentas de nieve, la gruesa capa de grasa que Dios ha creado milagrosamente bajo nuestra piel nos protege del frío. Nuestro pelaje, que también ha sido especialmente creado, es grueso, denso y largo, así que no sentimos nada de frío. Dios nos creó de acuerdo al clima en que vivimos. ¿Alguna vez te has preguntado por qué no vivimos en los desiertos de África? ¡Piensa un poco! Si viviésemos en el desierto, el calor nos sofocaría y moriríamos. Éste es uno de los signos que muestra que Dios ha creado a todos los seres vivos conforme al medio en que habitan.”
Al tener la gran oportunidad de hablar con un oso polar, Mansoor empezó a preguntarle todo aquello sobre lo que sentía curiosidad:
“Recuerdo que la mayoría de los osos duermen en invierno. ¿Vosotros, los osos polares, también?”
El oso negó con su blanca y peluda cabeza: “No, amigo mío. Somos diferentes de los demás osos porque no hibernamos cuando llega el invierno. Sólo las hembras lo hacen, principalmente las que están embarazadas.”
“¿Cómo encuentran comida los recién nacidos?”, quiso saber Mansoor.
“Gracias a Nuestro Señor, el Proveedor, el alimento que los cachorros necesitan está preparada: la mamá osa los alimenta con su leche”, explicó el oso.
“Entonces, ¿los cachorros sólo se alimentan de leche?”
“Correcto”, respondió el oso polar. “La leche de mamá osa contiene un alto nivel de grasa. Esta leche grasienta satisface completamente las necesidades de los cachorros. Gracias a ella, crecen muy deprisa y, para la primavera, están listos para salir de sus oseras.”
“Mansoor, habrás observado que, puesto que vivimos en un desierto de hielo y somos bastante incapaces de buscar nada por nuestros propios medios, no hay modo de que podamos saber la comida que nuestros cachorros necesitan cuando nacen. También resulta imposible que produzcamos esta leche (que ni las fábricas más modernas pueden elaborar) en nuestros cuerpos sólo con desearlo y esforzarnos. Esta realidad demuestra con claridad la maravilla de la creación de Dios.”
“Tienes razón, amigo”, asintió Mansoor. “Cuando una persona piensa un poco, puede ver que, a cada momento, ocurre un milagro a su alrededor.”
El oso polar siguió hablando de sí mismo. Dijo:
“Tengo una pregunta para ti: ¿Sabías que los osos polares somos muy buenos nadadores y buceadores?”
Mansoor estaba asombrado: “Debes estar de broma. ¿Puedes nadar? ¿Con un cuerpo tan pesado y en el agua helada?”
“No estoy bromeando”, dijo el oso. “Nosotros, los osos polares, nadamos y buceamos muy bien. Cuando nadamos, utilizamos las patas delanteras. Dios, el infinitamente Misericordioso, hizo nuestras patas de modo que las pudiésemos usar como remos para poder cazar con facilidad y nos proporcionó membranas entre los dedos como las de los patos. También, para hacernos la caza más fácil, Dios nos creó para que pudiésemos cerrar las fosas nasales bajo el agua y mantener los ojos abiertos.”
“Como puedes comprobar, Mansoor”, siguió diciendo, “Dios nos ha hecho de un modo prefecto, do
tándonos de sistemas que nos permiten sobrevivir bajo condiciones realmente difíciles. No hubiese sido posible que hubiésemos desarrollado estas características gradualmente o que las hubiésemos adquirido por casualidad. Es Dios quien nos enseñó a desplazarnos en el agua.”
“¿No sientes nada de frío en el agua helada?”, preguntó Mansoor, temblando sólo de pensarlo.
“En absoluto”, dijo el oso con orgullo. “Si vosotros, los humanos, pusieseis una mano o un pie en un iceberg, pronto tendríais que retirarlos. Nosotros ni siquiera notamos el frío, porque Dios ha creado nuestras patas cubiertas de un grueso pelaje para que no se vean afectadas por él. Si estuviesen recubiertas de una piel como la vuestra, no podríamos vivir en este medio tan frío.”
Después de lo que le contó el oso polar, Mansoor comprendió con más claridad que Dios posee un poder y fuerza ilimitados. Entonces recordó el lugar donde había pasado sus vacaciones. Se pasó todo el verano nadando, pero el agua estaba templada gracias al clima cálido. Pensó y la comparó con la fría agua en la que nadaban los osos polares. Pensando en ello, se dio cuenta de que Dios ha creado a cada criatura con el cuerpo ideal para el ambiente en el que habita. Por ejemplo, creó los camellos para que pudieran soportar el calor del desierto. El oso polar amigo de Mansoor interrumpió sus pensamientos:
“Mansoor, ¿sabes por qué somos de color blanco o amarillento?”
“No. Nunca lo había pensado. ¿Por qué?”
El oso se lo explicó: “Nuestro color blanco nos asegura protección contra nuestros enemigos en el frío y helado ambiente en que vivimos. Somos casi invisibles en los kilómetros de blancos campos helados porque tenemos su mismo color.”
Mansoor estaba impresionado. “¡Muy lógico!”, dijo. “Si fueses negro como un cuervo o tan colorido como un loro, te resultaría imposible esconderte, y eso significaría que casi siempre estarías en peligro.”
“Sí, Mansoor. Hay muchas cosas en las que la gente nunca piensa y que se han acostumbrado a ver. De hecho, Dios ha creado todo de acuerdo con Su divina sabiduría.”
Mansoor se sintió muy agradecido a Dios por haberle dotado de pensamiento y entendimiento. “Si Dios no lo hubiese querido, podría gastar mi tiempo en la efímera vida de este mundo ignorando Su suprema sabiduría y poder”, se dijo.
Reflexionando sobre la conversación que mantuvo con el oso polar, Mansoor se dio cuenta de lo importante que era la vida. Cada cosa nueva que aprendía incrementaba su amor y reverencia hacia Dios. Por este motivo, aún quería saber más cosas sobre los osos polares.
“Estoy seguro de que tu nariz es más sensible al olor que la mía, ¿verdad?”, preguntó.
El oso polar volvió a asentir con su cabeza: “Sí. Nuestro sentido del olfato es tan agudo que podemos detectar fácilmente una foca escondida bajo una capa de nieve de metro y medio. Como sabes, Dios Todopoderoso no sólo nos dio a nosotros las elevadas peculiaridades que poseemos, sino también a todos los seres vivos.”
Mansoor continuó: “Sabía que existen muchas pruebas de la suprema sabiduría y poder de Dios en todos los seres vivos que pueblan la Tierra. Además, obtener información detallada sobre ellos aumenta aún más mi admiración por la suprema creación de Dios.”
Mansoor no se cansaba de hablar con su nuevo amigo, el oso polar. Quería aprender todo lo que se podía saber de él. Tenía más y más preguntas que hacer:
“¿Qué otras peculiaridades tienes que yo desconozca?”
“Déjame que piense”, dijo el oso. “”Ponemos en práctica unas tácticas muy interesantes tanto en invierno como en verano. Piensa en nuestro blanco pelaje, que hace que parezcamos muñecos de nieve. ¿Crees que si nos tumbamos en la nieve somos visibles? Si sólo piensas en el pelaje probablemente dirías que no; pero no olvides que nuestras narices son negras. ¿Qué hacemos entonces? Muy astutamente, las cubrimos con nuestras patas blancas. De este modo escondemos la diferencia de color. Esperamos completamente escondidos en la nieve a que se acerque nuestra presa.”
Mansoor gritó de asombro: “¡Eso es muy inteligente!”
“Sí, Mansoor. Los osos sabemos que nos podemos camuflar, es decir, escondernos, porque nuestro blanco pelaje y los campos de nieve que nos rodean tienen el mismo color. Pero vamos más allá e incluso pensamos en cubrir nuestras narices negras, que son el único obstáculo para un camuflaje perfecto puesto que son lo único que destaca en la blancura de la nieve. Desde luego, como puedes suponer, no es posible que pensemos lo que tenemos que hacer después de regresar varias veces de caza sin haber obtenido resultados y que nos demos cuenta de que debemos cubrirnos la nariz. Los osos sólo actuamos como Dios nos inspira que hagamos. Dios nos enseñó. Al final nosotros, como otros seres vivos, estamos bajo control de Dios.”
Mansoor decidió contarle a su madre lo que había aprendido sobre los osos polares de camino a casa y explicarle el arte creativo de Dios que en ellos se manifiesta. Le dio las gracias a su amigo por una conversación tan fascinante y volvió con su madre.
“Así, en verdad, hemos planteado a los hombres toda clase de parábolas en este Qur’an, para que puedan recapacitar.” (Sura 39:27 Las multitudes.)
“Él es el Originador de los cielos y de la tierra: cuando decreta la existencia de algo, le dice tan sólo: “Sé” –y es.” (Sura 2:117 La vaca.)
“Todos los dotados de perspicacia, que recuerdan a Dios, de pie, sentados y cuando se acuestan, y meditan [así] sobre la creación de los cielos y de la tierra: “¡Oh Sustentador nuestro! No creaste [nada de] esto sin un significado y un propósito. ¡Infinita es Tu gloria! ¡Presérvanos del castigo del fuego!”” ( Sura 3:191 La casa de Imrán.)

jueves, 3 de septiembre de 2009

Nuestra Clase

“Buenos días, clase”, dijo el profesor el lunes por la mañana.
“Buenos días”, respondieron los estudiantes.
“¿Cómo habéis pasado las vacaciones?”, les preguntó.
“Muy bien. Tiramos muchas bolas de nieve e hicimos muñecos.”
“Entonces, disfrutasteis de la nieve el fin de semana”, dijo sonriendo.
“Sí, profesor, nos divertimos mucho”, respondieron.
El profesor echó un vistazo a la clase y frunció el ceño: “He notado que dos estudiantes no han venido hoy a clase.”
“Sí, Saleem y Aisha no están hoy aquí.”
“¿Sabéis por qué?”
“Se han quedado en casa”, dijo la clase. “Deben estar enfermos.”
“Eso significa que deben haber estado jugando en la nieve mucho rato”, desaprobó el profesor.
“Nosotros también hemos jugado en la nieve, ¿vamos a enfermar, profesor?”, peguntaron los alumnos alarmados.
“Si no tenéis cuidado y estáis mucho tiempo en la nieve, puede que sí.”
“¿Por qué la nieve hace que la gente enferme? Nos gusta la nieve, y nos gusta jugar con ella.”
El profesor les explicó: “La razón de que la gente enferme es que los gérmenes entran en el cuerpo. Como sabéis, los gérmenes son organismos invisibles que penetran en nuestros cuerpos e intentan hacernos daño. Si no prestamos atención a nuestra higiene y comemos sin lavarnos las manos, se pueden quedar dentro de nosotros.”“¿Nos pondremos enfermos enseguida que los gérmenes nos ataquen?”, querían saber los estudiantes.

“No”, contestó. “No siempre enfermamos. Cuando Dios nos creó, nos dotó de un sistema inmunológico maravilloso para combatir los gérmenes. No nos damos cuenta, pero los elementos de este sistema protegen nuestros cuerpos como si de un ejército se tratase. Cada elemento de este sistema altamente complejo cumple su función a la perfección.”
“Entonces, ¿por qué nos ponemos enfermos? ¿Es porque nuestro sistema inmunológico no hace su trabajo?”

“No. En una persona normal siempre funciona. Sabiéndolo o no, nuestro sistema inmunológico está enzarzado en una guerra contra los gérmenes. Primero, intenta evitar que éstos entren y permanezcan en nuestros cuerpos. Si consiguen entrar, los destruyen inmediatamente.”
“Entonces, ¿por qué enfermamos?”, querían saber aún.
“Si permanecemos fuera al frío durante mucho tiempo”, explicó, “y si no comemos bien, nuestros cuerpos se debilitan. Cuando esto ocurre, lo mismo le pasa a nuestro sistema inmunológico. Los gérmenes que no han sido destruidos se multiplican y expanden rápidamente por todo nuestro cuerpo.”
“Entonces, cuando esto ocurre, ¿los gérmenes toman nuestro cuerpo?”, preguntaron.
“No”, continuó. “En ese caso nuestro sistema inmunológico comienza una batalla aún más intensa contra ellos. A consecuencia de esta guerra que tiene lugar dentro de nosotros nos da fiebre, nos indisponemos y nos duelen las articulaciones.”
Los estudiantes asintieron: “Sí, cuando nos pasa eso queremos estar en cama.”
“Desde luego, cuando esto pasa, lo mejor que se puede hacer es descansar. Si descansamos mucho y, al mismo tiempo, tomamos medicinas, y si comemos bien, nuestro sistema inmunológico se fortalece y nos ayuda. Entonces, en poco tiempo, derrotará a los gérmenes y los echará fuera de nuestro cuerpo. De este modo, nos volveremos a poner buenos.”
“Ahora comprendemos cómo enfermamos”, dijeron los estudiantes. “De ahora en adelante tendremos mucho cuidado.”
“Sí”, dijo el profesor: “Dios nos dio una gran bendición al crear nuestros cuerpos con este sistema defensivo. Debemos darle las gracias por ello y cuidarnos para que no perdamos la salud que nos concedió.”

viernes, 31 de julio de 2009

JALAL Y LA GAVIOTA

Cuando viajaba en ferry y hacía buen tiempo, lo que más le gustaba a Jalal era sentarse en cubierta; de este modo, veía el mar más de cerca y podía mirar a su alrededor con más facilidad. Un día Jalal se embarcó en el ferry con su madre. Enseguida, fue a sentarse en cubierta. Un grupo de gaviotas seguía al barco como si estuviesen echando una carrera. Las gaviotas hicieron una exhibición maravillosa, arremolinándose y girando en el aire, y disputándose los trozos de pan que les tiraban los viajeros.

Una de ellas se acercó planeando y aterrizó al lado de donde estaba sentado Jalal. “¿Te ha gustado nuestra exhibición de vuelo?”, le preguntó. “He observado que nos mirabas con mucha atención. ¿Cómo te llamas?”

“Me llamo Jalal. Sí, me ha gustado mucho. Me he fijado en que podéis permanecer en el aire sin batir las alas. ¿Cómo lo conseguís?”


La gaviota asintió con la cabeza: “Las gaviotas nos situamos según la dirección del viento. Incluso si éste es muy débil, las corrientes de aire ascendentes nos elevan. Utilizamos este movimiento y así podemos hacer largos viajes sin mover las alas.”

“Nos movemos hacia delante y hacia atrás en las masas de aire que se elevan del mar”, continuó. “Estas corrientes hacen que siempre haya aire bajo nuestras alas, lo que nos permite permanecer en él sin gastar demasiada energía.”


Jalal no estaba muy seguro de haberlo comprendido bien: “Os he visto en el cielo sin mover las alas, como si estuvieseis colgadas. ¿Y eso lo hacéis actuando según la dirección del viento? Lo entiendo pero, ¿cómo calculáis la fuerza y dirección del viento?”

“Resulta imposible que nosotras, con nuestro poco entendimiento, podamos hacer algo así”, empezó diciendo la gaviota. “Cuando Dios nos creó, nos enseñó cómo volar y cómo permanecer en el aire sin gastar energía. Son ejemplos que prueban la existencia de Dios y nos hacen comprender Su poder.”


Jalal pensó en otra pregunta: “Sí, permanecéis suspendidas en el cielo como si estuvieseis sujetas con una cuerda. Para hacer algo así necesitaríais saber matemáticas muy bien y ser capaces de hacer unos cálculos muy detallados. Sin embargo, es algo que hacéis sin problema desde el primer vuelo, ¿verdad?”

“Desde luego”, asintió la gaviota. “Nuestro Señor dio a cada ser vivo la inspiración que necesita. Todos hacemos lo que se nos ha dicho que hagamos. Nunca olvides que Dios todo lo abarca y que todo está bajo Su control. Él es el Señor de todas las cosas. En el Corán puedes encontrar muchos versículos que hablan de esto. El ferry se está acercando a tierra, y yo voy a reunirme con mis amigas. Hasta la vista.”


Jalal observo cómo su nueva amiga se alejaba volando, haciéndose cada vez más pequeña en la distancia.


Cuando llegó a casa, Jalal buscó en el Corán un versículo que hablara de que todo está bajo el control de Dios. Lo encontró en la sura Hud, y enseguida lo aprendió de memoria:

“Ciertamente, he puesto mi confianza en Dios, [que es] mi Sustentador y también vuestro Sustentador: porque no existe criatura viva a la que Él no tenga asida por el copete. ¡En verdad, el camino de mi Sustentador es recto!” ( Sura 11:56 Hud.)

“¿Es que esos [que niegan la verdad] no se han parado jamás a considerar a las aves, volando suspendidas [por Dios] en el aire, y que nadie excepto Dios las mantiene en vuelo? ¡Ciertamente, en esto hay en verdad mensajes para una gente dispuesta a creer!” ( Sura 16:79 La abeja.)

domingo, 28 de junio de 2009

EL PÁJARO CARPINTERO E IRFAN.

Un domingo, Irfan fue de paseo al bosque con su padre. Mientras paseaban, pensaba en lo hermosos que eran los árboles y la naturaleza. Su padre se encontró con un amigo y, mientras los mayores hablaban, Irfan oyó un ruido: Tap, tap, tap, tap, tap, tap…
El sonido provenía de un árbol. Irfan se acercó al pájaro que hacía ese ruido y le preguntó: “¿Por qué golpeas el árbol con tu pico de esa manera?”
El pájaro dejó lo que estaba haciendo y se volvió para mirar a Irfan. “Soy un pájaro carpintero”, respondió. “Hacemos agujeros en los árboles y construimos nuestros nidos en ellos. A veces almacenamos comida. Éste es el primer agujero que he hecho, aunque haré cientos como él.”
Irfan miró el agujero más detenidamente. “Bueno, pero ¿cómo almacenas la comida en un sitio tan pequeño?”, le preguntó.
“Los pájaros carpinteros nos alimentamos principalmente de bellotas, que son muy pequeñas”, le explicó. “Dentro de cada agujero que haga meteré una bellota. De este modo almacenaré suficiente comida.”
Irfan estaba asombrado: “Pero en vez de esforzarte haciendo muchos agujeros pequeños”, dijo, “podías hacer un agujero grande y meter allí toda la comida.”
El pájaro carpintero sonrió: “Si hiciese eso, otros pájaros podrían encontrar mi almacén y robar mis bellotas. Además, los agujeros que hago tienen dimensiones distintas, para introducir las bellotas de acuerdo a su tamaño. El tamaño de la bellota y el del agujero son idénticos. Así, la bellota encaja perfectamente dentro del agujero. Gracias a que Dios hizo mi pico para que pudiera volver a sacar las bellotas de los agujeros fácilmente, no tengo problemas en hacerlo; pero otros pájaros no pueden, así que mi comida está a salvo. Por supuesto, no tengo el juicio suficiente para elaborar este plan. Sólo soy un simple pájaro carpintero. Dios permite que haga estas cosas. Es Dios quien me enseña cómo esconder la comida, y quien creó mi pico de forma apropiada para poder hacerlo. En realidad, no se trata sólo de mí –todos los seres vivos son capaces de hacer este tipo de cosas porque Dios los enseñó.
Irfan estuvo de acuerdo: “Tienes razón. Gracias por contarme todo esto. Me has hecho recordar el gran poder de Dios.”
Irfan dijo adiós a su amiguito y volvió con su padre. Estaba muy contento porque, dondequiera que miraba, encontraba otro de los milagros de Dios..

viernes, 22 de mayo de 2009

Asad y las mariposas de colores

El fin de semana, Asad fue a visitar a su abuelo. Los dos días pasaron muy deprisa y, antes de que se diera cuenta, su padre llegó para llevarlo de vuelta a casa. Asad le dijo adiós a su abuelo y fue hacia el coche. Se puso a mirar por la ventanilla mientras esperaba a que su padre metiese las cosas en el maletero. Una mariposa que estaba posada en una flor cercana batió sus alas y voló hacia la ventanilla.
“¿Vas a casa, Asad?”, preguntó la mariposa con su vocecita.
Asad estaba atónito: “¿Me conoces?”, le preguntó.
“Desde luego”, sonrió la mariposa. “He oído a tu abuelo hablar a los vecinos de ti.”
“¿Por qué no has venido a verme antes?”, le preguntó Asad.
“No podía, porque sólo era una crisálida en lo alto de un árbol del jardín”, le explicó la mariposa.
“¿Una crisálida? ¿Qué es eso?”, preguntó Asad, que siempre había sido un niño muy curioso.
“Déjame que te lo explique desde el principio”, dijo la mariposa tomando aliento. “Nosotras, las mariposas, eclosionamos del huevo como minúsculas larvas y luego pasamos a ser orugas. Nos alimentamos mordisqueando hojas. Luego, utilizamos un líquido que sale de nuestros cuerpos como si fuese un hilo y nos envolvemos en él. Ese pequeño envoltorio que tejemos se llama crisálida. Pasamos un tiempo dentro de él hasta que crecemos. Cuando nos despertamos y salimos fuera tenemos unas alas de colores brillantes. Pasamos el resto de nuestra vida volando y alimentándonos de las flores.”
Asad asintió pensativo: “¿Quieres decir que todas esas mariposas de colores fueron crisálidas antes de que les salieran alas?”
“¿Ves a la oruga de esa rama?”, preguntó la mariposa.
“Sí, la veo. Está devorando las hojas. Tiene mucha hambre.”
“Es mi hermana pequeña”, sonrió la mariposa. “Dentro de poco se convertirá en crisálida y, un día, será una mariposa como yo.”
Asad tenía muchas preguntas que hacerle a su nueva amiga. “¿Cómo planificas este cambio? Me explico: cuando sales del huevo, ¿cuánto tiempo eres crisálida y cómo fabricas el hilo para hacer el saco que te envuelve?”
“Yo no planifico nada”, explicó la mariposa con paciencia. “Dios nos ha enseñado lo que necesitamos hacer cuando lo precisamos. Sólo actuamos según los deseos de nuestro Señor.”
Asad estaba realmente impresionado. “Los diseños de vuestras alas son maravillosos. Y en todas las mariposas son diferentes, ¿verdad? ¡Son verdaderamente coloridas y llamativas!”
“Eso es una prueba del arte incomparable de Dios. Nos creó una a una de la forma más bella imaginable”, le explicó su amiga.
Asad asintió con entusiasmo: “Resulta imposible no fijarse en las cosas hermosas que Dios ha creado. ¡Hay cientos de ejemplos a nuestro alrededor!”
La mariposa asintió: “Tienes razón, Asad. Necesitamos dar gracias a Dios por todas estas bendiciones.”
Asad miró por encima de su hombro: “Ya viene mi padre. Me parece que nos marchamos. Encantado de conocerte. ¿Podemos charlar otra vez cuado vuelva la semana que viene?”
“Desde luego”, asintió la mariposa. “Que tengas buen viaje de regreso a casa.”
“Todo cuanto hay en los cielos y en la tierra proclama la infinita gloria de Dios” ( Sura 57:1 El hierro.)
“¿No ves que Dios hace caer el agua del cielo, y hacemos brotar mediante ella frutos de gran variedad de colores –igual que en las montañas hay vetas blancas y rojas de diversas tonalidades, y [otras] de un negro intenso, y [cómo] entre los hombres, los animales y el ganado existe también gran variedad de colores? De todos Sus siervos, sólo quienes están dotados de conocimiento [innato] temen [realmente] a Dios: [pues sólo ellos comprenden que,] en verdad, Dios es todopoderoso, indulgente.” ( Sura 35:27-8 El originador.)

martes, 14 de abril de 2009

FARUQ Y LAS TERMITAS


Era un soleado día de domingo. Faruq había ido de excursión al bosque con su clase. Él y sus amigos se pusieron a jugar al escondite. De repente, Faruq oyó una voz que decía: “¡Cuidado!”. Miró a derecha e izquierda, sin saber de dónde venía dicha voz, pero no vio a nadie.
Un poco más tarde, volvió a escuchar la misma voz. Esta vez dijo: “¡Estoy aquí abajo!”.
Faruq se dio cuenta de que, justo al lado de su pie, había un insecto parecido a una hormiga.
“¿Quién eres?”, le preguntó.


“Soy una termita”, contestó la minúscula criatura.
“Nunca he oído hablar de un animal llamado termita”, dijo Faruq pensativo. “¿Vives sola?”
“No”, respondió el insecto. “Vivimos en grandes grupos dentro de nidos. Si quieres, re mostraré uno.”
Faruq estuvo de acuerdo, así que marcharon. Cuando llegaron, lo que la termita le enseñó a Faruq era algo parecido a un edificio alto con ventanas.
“¿Qué es esto?”, quiso saber Faruq.
“Es nuestra casa”, le explicó la termita. “La construimos nosotras mismas.”
“¡Pero sois tan pequeñas…!”, objetó Faruq. “Si tus amigas tienen tu misma talla, ¿cómo podéis hacer algo tan grande como esto?”
La termita sonrió. “Tienes razón al sorprenderte, Faruq, porque es realmente sorprendente que criaturas tan pequeñas como nosotras podamos construir lugares como éste. Pero no olvides que esto es algo fácil para Dios, que nos creó a todos.”
“Aún más, aparte de ser muy altas, nuestras casas tienen otras peculiaridades. Por ejemplo, tenemos habitaciones especiales para los niños, lugares para cultivar el moho, y la habitación de la reina. Y no olvides el sistema de ventilación. Gracias a él, equilibramos la humedad y la temperatura del interior. Y, antes de que se me olvide, déjame decirte algo más: ¡somos ciegas!”
Faruq estaba atónito: “A pesar de ser tan pequeñas y de que apenas podéis ver, construís casas como los edificios que hacen las personas. ¿Cómo es posible?” Pero ahora debo regresar a casa y ayudar a mis amigas.” extraordinario talento. Nos creó de tal manera que podemos hacer todas estas cosas.
Faruq lo comprendió: “Muy bien, ahora mismo voy a ir a contarles a mi profesor y a mis compañeros lo que he aprendido de vosotras.”
La termita sonrió de nuevo: “Como te dije antes, es Dios quien nos proporciona este
“Buena idea, Faruq”, dijo la termita despidiéndose. “Cuídate. Espero volver a verte."

martes, 24 de marzo de 2009

Nabeel y la foca

NABEEL Y LA FOCA.
Un día, Nabeel se puso a ver la televisión al regresar a casa después del colegio. En una de las cadenas estaban dando un documental. A Nabeel le gustaba mucho ver documentales de animales que nunca había visto en vivo. Esta vez se trataba de un programa sobre focas. Nabeel se acomodó en su sillón y observó con atención.
De repente, sintió frío. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba dentro de la televisión y, ¡justo a su lado, estaba la foca que acababa de ver en la pantalla!
“Hola”, le dijo a la foca tiritando un poco. “Aquí hace mucho frío, ¿no lo notas?”
“Debes ser nuevo”, respondió la foca. “Siempre hace frío. La temperatura más alta es de cinco grados bajo cero, incluso en primavera. A mí me gusta. A nosotras las focas nos encanta el frío. Nunca lo notamos. ¿Cómo? Gracias a nuestra piel, este maravilloso abrigo que Dios nos ha dado. Desde luego que la grasa de nuestros cuerpos también nos ayuda a protegernos.”
“¿Aquella de allí es tu madre?”. Nabeel señaló a una foca mucho más grande que se encontraba a cierta distancia. “Me parece que te está buscando. Llámala y dile dónde estás, si quieres.”
La foca siguió hablando: “Vivimos en grandes grupos, y nos parecemos mucho unas a otras, pero nuestras madres nunca nos confunden. Es un don que Dios les ha otorgado. Tan pronto como nace el cachorro, su madre le da un beso de bienvenida. Gracias a ese beso, reconoce su olor y nunca lo confunde con otro. Éste es uno de los incontables dones que Dios nos ha concedido. Le estamos agradecidas porque dio a nuestras madres la capacidad de reconocernos entre la multitud en que vivimos.”
Nabeel quería preguntar algo más: “Recuerdo haber leído que pasáis la mayor parte del tiempo en el agua. ¿Cómo aprendiste a nadar?”
Su nueva amiga se lo explicó: “Dios nos creó a todos de acuerdo con las condiciones en que vivimos y nos adaptó a ellas. Así como creó al camello según las condiciones del desierto, nos creó a nosotras para soportar este frío. Es la voluntad de Dios que cuando nacemos tengamos una capa de grasa que se llama “óleo infantil”. Nuestros pequeños cuerpos están calentitos gracias a ella y, como esta capa es más ligera que el agua, actúa como un salvavidas cuando nuestras madres nos enseñan a nadar. A las dos semanas, ya somos grandes nadadoras y buceadoras.”
“Entonces, Dios os dotó de un salvavidas especial situado dentro de vuestros cuerpos para que podáis aprender a nadar. ¡Es maravilloso!”
“Cierto”, dijo la foca. “Cada ser vivo que ha creado con tal perfección es una prueba de que Dios tiene poder sobre todo.”
Justo en ese momento, un beso en la mejilla despertó a Nabeel. Era su madre. El documental aún no se había terminado. Nabeel recordó el sueño que había tenido y sonrió a la pequeña foca que aparecía en la pantalla.
“y si intentarais contar las bendiciones de Dios, no podríais enumerarlas.” ( Sura 14:34 Abraham.)
“Y entre Sus signos está la [propia] creación de los cielos y la tierra, y de todas las criaturas vivas…” ( Sura 42:29 La consulta.)